❤ First time (Angelo y Annie)

Cuando entraron a su recámara, tan sólo se quedaron ahí, parados uno frente al otro, mirándose. Annie, esperando. Angelo... sus ojos grises apuntaron hacia su propia recámara, revelando sus pensamientos.

Anneliese se apresuró y cerró la puerta, y no sólo eso: también presionó el seguro, pidiéndole «No te vayas», sin palabras.

Y él lo entendió. La miró a los ojos, sólo por un segundo, asegurándose de que realmente era lo que ella quería. Y así era. Alargó su mano derecha y la alcanzó por la cintura, atrayéndola. Ella dio dos pasos al frente y él se inclinó, para besarla. Annie lo sujetó por los hombros anchos, mientras él le daba el primer beso en los labios.

Había sido sólo un piquito —nada distinto a esos que se daban, cuando niños— y luego la abrazó, ocultando su rostro en el cuello de la muchacha; ella lo esperó. Lo dejó abrazarla por un par de segundos, luego le besó una mejilla, suave, acariciándole la otra, volviéndolo hacia ella; besó entonces sus labios, besó el superior y succionó el inferior.

Angelo cerró sus ojos. Annie sintió su lengua entre los labios; abrió la boca y él lamió dentro. Había metido su lengua y la había recuperado lento, aunque no lo suficiente para darle tiempo a la muchacha de jugar con ella. Ella había intentado succionarla, para que él la dejara justo ahí, pero no alcanzó y lo sujetó con una mano por la nuca, apretando sus labios abiertos contra los de él, metiéndole lengua a la boca.

Los brazos del muchacho la rodearon, la asieron con firmeza y la levantaron, dejándola casi a la altura de él. Casi. Y el beso que se dieron, ese beso, con sus bocas bien abiertas, expuestos, activos y dóciles, rendidos, fue como el primer respiro. El primero de sus vidas. El momento más ansiado por ambos.

Annie enredó los dedos de su mano derecha entre los cabellos oscuros, al tiempo que sus piernas hacían lo propio, atrapando la cintura masculina. Nunca había besado a nadie como lo besó a él —hambrienta, completamente entregada—, y Angelo nunca había besado a nadie con esas ganas, con ese deleite, con ese... placer. Con ese auténtico placer.

El primer paso que dio él, en dirección a la cama, los obligó a cortar el beso, pero le siguieron otros, muchos otros piquitos, succiones y suaves mordiscos, hasta que él finalmente la recostó sobre las almohadas, quedándose arrodillado, entre las piernas femeninas, con la respiración agitada.

En el camino, entre sus brazos, Annie había perdido una sandalia, y él le quitó la otra y la tiró sobre la alfombra, sin despegar sus ojos grises de los azules, y casi sin hacer ruido.

Se miraron nuevamente, durante un rato que Annie encontró larguísimo —pues ella ya lo quería entre sus brazos—, pero que no lo fue. Aun así, cuando él comenzó a recostarse sobre ella, recorriendo con su mano derecha una pantorrilla, y luego el muslo, ella pensó en que él iba muy rápido —o tal vez muy directo—, pero no lo detuvo. De hecho, para cuando sus labios volvieron a encontrarse, esa mano había llegado ya a una nalga; ella alzó la cadera para que él pudiera meter ambas manos por debajo, y acariciar —apretujar y masajear— esa parte de su cuerpo en la que sabía bien que Angelo pensaba tanto.


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Ella alzó su cadera y, en el acto, le acarició el miembro erecto. Él jadeó y no se dio cuenta de que le mordió con algo de fuerza el labio inferior, al tiempo que ponía una de sus manos en la entrepierna de la chica.


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Annie abrió sus ojos y bajó su cadera, algo sorprendida. Angelo también la miró... avergonzado.

Eso estaba siendo extraño para ambos, comprendió Annie —para ella lo había sido mucho. No esperaba que él la tocara ahí, en ese momento. De hecho, nunca esperó que él la tocara ahí—; se prometió no volver a reaccionar de ese modo, para no cohibirlo.
Le acarició el rostro y lo besó en los labios, con mucho cuidado.


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Luego del respingo de Annie, a él le llevó un rato volver a sentirse cómodo —con la libertad— de acariciar su cuerpo, a pesar de que ella lo invitaba agitándose bajo su cuerpo, apretujando los senos contra su pecho, en cada beso, y envolviéndolo con sus piernas. Comenzó deslizando su mano desde la cadera —por debajo del vestido— hacia la cintura pequeña, donde se detuvo, pues el vestido le impidió ir más arriba.


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Él se separó de ella y volvió a arrodillarse entre sus muslos. Annie se mordió los labios por el cosquilleo que le causó su hermano, acariciando su piel de abajo hacia arriba, mientras le alzaba el vestido.


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Le temblaban las manos. No era la primera vez que la desnudaba —no podía contar siquiera cuántas veces lo había hecho, ni tampoco podía recordar la última vez que lo hizo—, pero esta vez era distinto.

Esta vez no iba a bañarla, ni a revisar su cuerpo, ni a ayudarla a vestirse...

Esta vez...


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Anneliese tomó asiento y elevó sus brazos, dócil, para que él le quitara el vestido.

Luego se quedó ahí, y también él, mirándose; ella sentada, con las piernas abiertas, y él arrodillado, entre ellas.
Y se veía tan bello. Era como un dios joven, hermoso.

Deseó verlo desnudo. Quería admirar por completo ese cuerpo —de su amor, de su hermano... de ese chico completamente suyo— que tanto le gustaba. Bajó la mirada e introdujo lentamente su mano bajo la playera, pero sin tocarlo más que con la yema de su dedo índice derecho. Sintió su piel firme, suave, y ansió quitarle la ropa con mayor rapidez, pero no sabía cómo. No se atrevía a hacerlo.

Él pareció adivinarle el pensamiento y, sujetando su playera por la parte inferior, se deshizo de ella con un sólo movimiento —la crucecita de oro blanco, regalo de su padre, que él siempre llevaba colgada al cuello, brilló en su pecho—. Anneliese suspiró. Pese a que Angelo no tenía reparos en quemarse al sol, él no tenía marcas sobre la piel. Sonrió, era como si el mismo sol bajara su intensidad sólo por él, como si se negara a tostar una piel tan blanca y pura.

En ese momento, Anneliese se dio cuenta de que justo eso era lo que transmitía Angelo. Todo en él lo hacía. No era sólo su impresionante atractivo, la belleza de su cara o su cuerpo atlético, lo que llevaba a la locura, por él, no: era el morbo de saberlo inalcanzable, inaccesible y, por ende…, virgen.

Él era el chico malo y al mismo tiempo el niño bueno.

Lo sujetó por las caderas y le beso el vientre plano, marcado con abdominales.

Notó que su miembro, bajo sus pantalones, estaba ya erecto.

Lo miró de nuevo a los ojos —él la contemplaba en silencio—. Llevó las manos a la hebilla del cinturón e intentó abrirlo —se preguntó si realmente él nunca había estado con nadie— pero no logró hacerlo, pues aquella prenda requería o, de uñas, o fuerza, y en ese momento ella no tenía ninguna.

Le temblaban las manos.

Se sintió agradecida cuando él comenzó a ayudarla. Desabrochó su hebilla, se desabotonó despacio el pantalón, y Annie se echó hacia atrás, apoyándose con una de sus manos, disfrutando de la extremadamente erótica escena que era ver a Angelo Petrelli bajándose la cremallera para liberarse la potente erección que se presionaba, hacía un rato, contra la mezclilla.


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Podía ver, en sus ojos azules, que ella estaba tan emocionada como él.

... Eso lo ponía nervioso.


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Annie se relamió los labios e intentó bajar sus pantalones. Quería dejarlo en las mismas condiciones que ella —únicamente en ropa interior— pero tampoco pudo.
Lo miró con vergüenza. Era una inútil.

Pero él no pareció tener ningún pensamiento sobre eso. Se separó de ella, se sentó a la orilla de la cama, con sus pies en el suelo y se demoró un poco en deshacerse del calzado.

Annie recorrió su espalda ancha, y las nalgas, cuando él se bajó los vaqueros junto a los bóxers.

… Se había quitado todo.

A Annie se le volvió lenta la respiración.

Él estaba completamente desnudo.

Esperó pacientemente a que él volviera. Pasaron largos segundos. Larguísimos.

… Comenzó a preguntarse qué pasaba. Él estaba desnudo, excitado, sentado a la orilla de la cama... dándole la espalda a la chica que deseaba.

¿Por qué él no volteaba?

—Angelo —lo llamó, bajito, temiendo que él estuviese dudando, de nuevo—. Angelo —lo llamó, de nuevo y...


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... cuando él volteo, la encontró desabrochándose el brassiere, por la espalda y, cual polilla siguiendo la luz —que va a matarla—, fue donde ella.

La besó en los labios mientras su mano derecha se adentraba en el brassiere, por debajo, y sus yemas tocaban el seno pequeño, redondo y firme. Annie se recostó y él la siguió.

Ella se sacó el brassiere y él acarició su erección contra la entrepierna femenina, a través de las bragas blancas.


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Ella gimió y él se arrodilló para besar su cuello —en el que se tomó su tiempo para disfrutar del sabor de su piel y para hacerla tener pequeños temblores de placer—, y su pecho, y el camino entre los senos, mientras masajeaba estos. O parte de...

Anneliese no se percató, hasta que él comenzó a besar sus senos, de que estaba evitando los pezones. No, ni siquiera entonces lo hizo. Notó que él no los había tocado una sola vez hasta que se quedó ahí, quieto, con sus labios a un par de centímetros del pezón izquierdo, que esperaba por su lengua, erizado.

Annie podía sentir su respiración agitada sobre la piel húmeda. Él estaba tan cerca, ¿por qué no la besaba? ¿Qué estaba ocurriendo? Sin esperar más —negándose a dejarlo pensar en nada— arqueó su espalda y terminó con el espacio entre su pezón y la boca de su hermano.


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Por instinto, sin pensarlo, al sentir el pezón entre los labios, él abrió su boca y lo aceptó, hambriento.
Eso terminó con todo temor —y coherencia— en él.

Sintió la dureza del botón rosado, contra su lengua, y lamió en círculos la aureola erizada. Lo succionó, lo mordisqueó, lo besó y chupeteó una y otra vez, mientras, con su mano derecha, pellizcaba suavemente el pezón libre, lo acariciaba en círculos, se lo pasaba entre los dedos y lo tallaba contra su palma abierta.

Realmente era algo que había deseado por mucho, mucho tiempo.

Apretó luego ambos senos, con sus manos, antes de comerse el pezón que aún se mantenía seco, y torturar el otro, en un intercambio.


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La sensible piel de sus pezones, la punta de estos, comenzó a rozarse luego de un rato, y los masajes, cada vez más intensos, se volvieron poco a poco dolorosos. Aun así, Annie no lo interrumpió: ella quería eso. Quería que él tomara lo que quisiera de ella y sólo de ella. Quería saciarlo. Quería que él comiera cuanto quisiera de eso que había deseado tanto. Además —y sobre todo— él lucía tan bello, tan cautivador, tan masculino, tan... él. La visión de su boca abierta, chupando los pezones de su hermana, era sugestiva... y morbosa.

Angelo volvió a sus labios. Su respiración estaba muy agitada y le mordió el labio inferior mientras le bajaba las bragas blancas —pudo sentir con claridad sus colmillos clavarse en su piel—. Annie tenía las piernas abiertas —él estaba arrodillado entre ellas—, por lo que tuvo que alzarlas y juntarlas, para que él pudiera deshacerse de sus pantaletas sin moverse de su sitio. Luego, volvió a abrirlas, convencida de que él se tiraría sobre ella y la penetraría —su evidente excitación así lo sugería—. Pero Angelo no lo hizo. Sus ojos grises (extremadamente claros, increíblemente bellos) recorrieron el cuerpo femenino. La curvatura de su cuello y hombros, los senos pequeños, el vientre... la entrepierna dorada. Al darse cuenta de que la miraba justo ahí, sin darse cuenta, Annie hizo un intento de cerrar las piernas, y al no poder —pues él estaba entre ellas—, se cubrió instintivamente con una mano. Fue ahí cuando se dio cuenta de que ella no lo había visto por completo a él. Deslizó la mirada por el torso masculino —que comenzaba a tener pectorales—, los brazos fuertes, el abdomen musculoso, y... llegó a la erección rodeada de fino vello negro, que hacía contraste con su piel tan blanca.

Anneliese no podía compararlo con nadie, pues era al primer hombre que veía esas condiciones, pero su pene le pareció… demasiado grande... y grueso... y húmedo. Él estaba dejando escapar mucho líquido preseminal. Muchísimo. Estaba realmente (verdaderamente) muy (MUY) excitado.

Le gustaba. Todo en él era bello… pero tuvo miedo. ¿Realmente quería que él pusiera todo eso dentro de ella? Decidió que debían ir despacio.

Tomó asiento de nuevo, apoyándose con la mano izquierda. Angelo se inclinó y le besó los labios mientras le alcanzaba un seno, o al menos lo intentaba... Jadeó de golpe y su cuerpo contrajo cada músculo cuando ella, con su mano derecha, le envolvió el miembro.

Por su reacción, Anneliese adivinó que era la primera vez que lo tocaban ahí. Angelo, con los ojos cerrados, posó su frente sobre la de ella, y Annie comenzó a recorrerlo. Su piel era suave y cálida, y estaba muy duro por dentro. Le pareció más grande que antes. Bajó más y alcanzó, despacio, los testículos; estaban contraídos por la excitación, y erizados. Sólo los tocó, sintió su peso y los acarició superficialmente —temía masajearlos demasiado duro y lastimarlo—. Su mano regresó a la erección al tiempo que le repartía besitos en los labios. Él seguía quieto. Ella comenzó a recostarse y él la siguió, pero no fue sobre su cuerpo. La besó nuevamente en cuello, fue sólo un besito que cosquilleó la piel de la muchacha, bajó al pecho y al abdomen, y cuando llegó al vientre recubierto de finísimo vello dorado, ella supo en dónde terminarían sus besos...

—No —se alarmó, sintiéndose cohibida, de repente.

No quería que él besara ahí… ¿Qué tal si a él no le gustaba su sabor?

Él la miró a los ojos, confundido, pero no opuso resistencia cuando ella lo animó a colocarse sobre su cuerpo, y al hacerlo, ambos supieron que había llegado el momento.

A pesar de que la respiración del muchacho era pesada, y de que el corazón en su pecho golpeaba rápido y con mucha fuerza, sus besos se volvieron más suaves. Era como si intentara tranquilizarse. La cruz de Angelo reposaba entre los senos desnudos de su hermana.

Mientras ella abría sus piernas y él se acomodaba entre ellas, le prestó su antebrazo izquierdo como almohada. Annie no se sorprendió de que él quisiera mantenerla cómoda mientras... la amaba, pero sí de que se inmovilizara precisamente la mano izquierda; Angelo Petrelli era ambidiestro. Comía, escribía y tenía la misma habilidad con ambas manos, pero él solía usar más la izquierda. Le pareció extraño que él no quisiera tener esa mano libre para acariciarla, sino para darle confort. Sonrió.

—Te amo —se escuchó decirle.

Y él no respondió. Sus ojos grises, muy atentos, recorrieron su rostro. Annie se sintió insegura. ¿Era lo suficientemente bonita? ¿Lucía atractiva luego de haber llorado tanto?

La manera en que él la acarició le borró esos pensamientos. Le quitó los mechones rubios adheridos al rostro gracias a la fina capa de sudor que había comenzado a supurar, y la besó. La besó muy lento mientras empujaba su pelvis contra la de ella.

Annie sintió el glande húmedo presionarse contra su ingle izquierda. Rápidamente él se dio cuenta de que se había equivocado y reacomodó su cuerpo. Esta vez, el glande se deslizó hacia el ano.

Ella se rió, en parte divertida, en parte de nervios. Él se limitó a sonreír, burlándose de sí mismo; se le escapó un nuevo jadeó.

Se separó de ella ligeramente, lo suficiente para bajar su mano y meterla entre ambos. Annie comprendió lo que él pretendía, pero no tuvo verdadera conciencia hasta que sintió que, con su mano, guiaba el pene hacia el lugar indicado.

El corazón le dio un brinco. Ya. Iba en serio.

Lo abrazó y cerró sus ojos, acercando su frente a la de él. Esperaba sentir la punta del miembro entre los labios, justo en la entrada a su vagina, pero él no fue directo ahí. Acarició, con su glande húmeda, del ano al clítoris, dejando atrás la vagina...

Annie gimió por la sorpresa, por el placer y por la punzadita de dolor, que sufrió el clítoris endurecido, bajo la presión. Aun así... quería que él continuara.

No necesitó pedírselo, pues ése era el lugar al que él quería llegar. Le buscó una oreja, con sus labios, y a Anneliese se le erizó la piel. Nunca antes sintió tanto placer. El sonido de su boca, al abrir y cerrarse, era como un afrodisiaco, y sus labios besando, su lengua recorriendo cada milímetro de su oreja, le parecían el sexo mismo, pues él estaba utilizando su glande para acariciar directamente el clítoris.

Sentía la entrepierna cada vez más y más cálida, y húmeda. Era una sensación que... casi quemaba.


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Anneliese se revolvió bajo su cuerpo y dejó escapar el aliento; estaba muy cálida.

Quería sentir eso en todo su miembro. Quería estar ya dentro de ella. Se detuvo y ella lo miró, un poco aturdida. Sus ojos azules se habían oscurecido. La besó en los labios y llevó la punta de su miembro al lugar indicado. Annie lo envolvió con sus piernas. Él se empujó despacio. Sintió su glande hundirse entre la carne húmeda y cálida y... ella dio un respingo y soltó una especie de quejido intenso.


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Angelo se asustó y salió.

—Perdón —se disculpó ella, avergonzada de su reacción—. Dolió.

Angelo sacudió la cabeza. «Está bien», quería decir. Él respiraba únicamente por la boca; Annie supo que él ya había comenzado a necesitar más aire.

La besó en los labios de nuevo y se acomodó una vez más sobre ella.

Annie respiró profundo, preparándose para sentir nuevamente la punzada, dispuesta a tolerarla. Él volvió a introducir su glande, y un poco más, y ella dio un nuevo respingo, mucho más violento, pues había dolido más.

Esta vez él no se movió. No salió de su cuerpo.

—Tranquila —le suplicó, en un susurro.

Con las cejas contraídas en una mueca de dolor, Annie lo miró a los ojos, empuñó las sábanas y asintió, mostrándole que estaba bien.

Aunque no lucía bien.

Él volvió a empujarse, lento. Ella apretó los muslos tanto como pudo y estrujó las sábanas, intentando tragarse el gemido que, al final, brotó.


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Ella estaba sufriendo.

Lo que él quería era enterrarse de una vez. Una estocada larga, limpia, y llegaría al fondo... pero no podía hacerlo.


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—Duele mucho —se escuchó decir, mirándolo a los ojos. No estaba quejándose: estaba disculpándose por su comportamiento. Sabía que estaba reprimiéndolo, pero la verdad es que nunca creyó que dolería tanto. No recordaba un dolor más grande—. A-Ahg…


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Angelo dejó escapar el aliento por la boca, excitado.

Que le dolía era evidente. Por eso él estaba intentando no hacerle más daño. ¿Era realmente necesario decírselo?

Le dolía. Claro que le dolía... Estaba desvirgándola.

El aliento volvió a escapar de su boca, corazón le latió más rápido y el pene se le puso más duro. Dios... estaba desvirgándola. Estaba haciéndoselo a Annie. ¡Estaba haciéndolo con Annie!


//


Angelo le buscó los labios y la besó con fuerza. El movimiento provocó que él se enterrará un poco más y que ella arqueará la espalda de dolor. Bajó las piernas, gruñó y cortó su beso.

—Espera —le suplicó—. Siento que... me desgarro —confesó, en voz baja, tímida.

Por fin había identificado el tipo de dolor: desgarre. Sentía que le separaban la carne viva, palpitante, en dos.

Tanto así era.


//


Angelo detectó preocupación en su voz. Deseó poder ayudarla. Deseó poder cogerla en brazos, como hacía siempre que ella estaba angustiada, o temerosa, y hablarle hasta que se calmara, pero... ni las palabras iban a salirse de la boca, ni realmente quería decirlas. Quería consolarla, sí... pero más quería terminar de hundirse en ella —por Dios, ¿cómo había podido pensar en parar, hacía un rato, mientras se desnudaba? ¡Qué error tan grande habría cometido!—. Y también quería que se callara. Quería que ella dejara de decir todas esas cosas que sólo estaban aumentándole la libido. ¿Desgarrándola? Bueno, de cierta forma, así era. Estaba rompiéndole el himen.

El pensamiento lo hizo jadear, ansioso.

Su himen. Su precioso, perfecto e intacto himen, que era sólo de él, que siempre fue de él, desde el momento en que ella entró en su vida.

Annie volvió a gemir y él suspiró de placer. Cada vez que ella se movía, cada vez que contraía su interior, tan húmedo y cálido, una deliciosa descarga lo recorría, invitándolo a enterrarse por completo.

—No estoy haciendo eso —logró decir—. No te estoy desgarrando —respiró un poco por la boca—. Es la primera, Annie —se limitó, esperanzado en que ella comprendiese.


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No había sido pregunta, pero ella lo entendió así.

—Sí. La primera —confesó, rogando porque él tuviese más paciencia—. ¿Tú? —intentó hablar con él. Sabía la respuesta desde el momento en que lo tocó, pero ella quería hablarle.

Él jadeó. Tenía la frente perlada de sudor.

—Tú eres la única —le dijo.

No había otras, ninguna otra, porque ella era la única mujer para él. No existían otras...

//

Él se empujó de nuevo. Había logrado poner dentro la mitad de su miembro.


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Annie abrió sus ojos azules, y su boca, al tiempo que intentaba cerrar sus piernas y, empujándolo por la cadera, con una mano derecha, trató de quitárselo de encima, algo desesperada.

—¡Detente, por favor!

Esta vez no sólo había dolido, no sólo había sentido que la desgarraban. Se sintió dilatada, muy, muy abierta, y... también sintió una incontrolable urgencia por descargar la vejiga.

—Salte —volvió a empujarlo, lento—. Por favor, Angelo —su voz tembló.


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Él no se movió. No quería hacerlo. Tragó saliva.


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—Por favor —le imploró.

—Todo está bien —le dijo él. Su voz también tembló. La suya de excitación.

Annie sacudió la cabeza. No, no lo estaba.

—Me voy a orinar —se vio obligaba a decirlo.


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Y al principio, él no lo creyó. Ella... ¿qué?

—Por favor —le imploró, con los dientes apretados.

Y no parecía mentir. Dejó escapar el aliento por la boca, derrotado, antes salir un poco.


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Las ganas de orinar se fueron instantáneamente, pero el dolor se incrementó; esta vez, sintió que le arrancaban un trozo de carne. Ni siquiera intentó frenar el gemido.

Lo detuvo, aferrándose a él con una pierna y enterrándole las uñas en los hombros.

¡No, no debía salirse!

... O tal vez sí.

Estaba segura de que el dolor de esa insana dilatación se iría cuando él saliera pero... ¡¿cómo hacerlo salir sin sentir que le arrancaba medio ser?!

—¿Aún quieres orinar? —le preguntó él.

—No —confesó ella, absorta en su dolor.

Él volvió a moverse.

—¡No lo hagas! —le ordenó ella. El dolor se intensificó y las ganas de orinar volvieron—. De nuevo quiero hacer pipí.


//


Angelo jadeó. No podría estar más excitado ya. Sacudió la cabeza y le dio un beso.


//


—No es eso —le dijo, en un jadeo—. Soy yo.

—¿Eh? —Annie estaba sudando.

Se sentía confusa. Su respiración acelerada estaba mareándola.

—Lo que sientes, es a mí. Es por la penetración.

Ella hizo un puchero.

—Estás muy tensa, Annie.

—¡Me duele mucho!

—Intenta relajarte.

—Salte por un segundo.

—Relájate.

—¡Sólo por un segundo!

Y él asintió. Annie percibió su hambre, fue por eso que le sorprendió que él accediera a hacerlo...

—Lo haré —prometió—. Pero debes relajarte —le secó la frente sudorosa con su mano y le besó los labios—. Si no lo haces, va a dolerte más.
Y Annie le creyó; asintió.

Que él metiera su mano libre por debajo de uno de sus muslos, y le abriera más la pierna, debió advertirla, pero no lo hizo. Ella cerró los ojos y respiró profundo.

Era difícil relajar el cuerpo cuando estaban invadiéndolo de manera tan insoportablemente dolorosa.

Respiró un par de veces más, empuñó nuevamente las sábanas y asintió, abriendo sus ojos. Estaba lista, él pod...

Annie gritó, su cuerpo entero tembló de dolor y sus ojos azules se llenaron de lágrimas. Esto último no lo causó el dolor, sino la sorpresa... el engaño.


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Angelo se había enterrado profundamente. De una sola estocada, rápida, se introdujo en ella.

... Y se había sentido delicioso. Tanto, que apenas se percató de que el cuerpo de su hermana había tenido un temblor epiléptico, producto del intenso dolor en una de sus zonas con más terminaciones nerviosas.


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—Perdón —jadeó él—. Perdón —se disculpó pero no se le oía nada arrepentido, muy por el contrario... parecía extasiado.

Annie lo abrazó y gimió.


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A él le pareció un sollozo. Era difícil saberlo cuando estaban tan aferrados al otro... y su mente estaba tan nublada por la excitación, por la emoción y el placer.


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—Estoy dentro —lo escuchó decir, con voz suave, a modo de consuelo—. Estoy dentro —repitió, en su oído, en caso de que ella no lo sintiera muy, muy dentro—. Estoy dentro —murmuró, de nuevo, y ésta vez lo dijo sólo para él.

Por fin, estaba dentro. No podía creerlo… estaba dentro de ella.

—Por favor —apenas logró decir, herida, temblorosa—, no te muevas.

—No lo haré —él le hablaba al oído. Le besó una sien.

... Pero eso tampoco lo cumplió.

Él dejó pasar apenas un par de segundos y salió un poco.

Annie se mordió un labio y le enterró las uñas. No iba a poder frenarlo.

—... por Dios —sollozo.

Él se hundió de nuevo y le besó los labios. Annie se volvió ligeramente.

—¿No quieres besarme? —le preguntó. Temblaba.

No. No quería hacerlo. Se sentía casi molesta con él.

Angelo le dio otro beso en la comisura de los labios y ella se lo regresó. No podía enojarse con él, no en ese momento.

Él volvió a salir y ella abrió su boca, enterrando sus uñas en su piel blanca.

—¿No puedes... esperar? —le suplicó.

Angelo jadeó; lucía realmente excitado... y también avergonzado, cuando le dijo:

—… Voy a venirme —en un susurro.


//


Él había llegado al límite. Había deseado por mucho tiempo eso.

... La había deseado tanto.

Nunca había estado tan excitado. Sentía un dolor ligero, extraño —como un calambre suavísimo—, que se volvía sumamente placentero al más sutil movimiento.

Sentía el miembro durísimo y los testículos hinchados, cargados de...

... Además, también era su primera vez. La emoción no iba a permitirle aguantar más de unos pocos segundos.


//


Tampoco Annie quería que lo hiciera.

Al saber que él terminaría, sintió una extraña mezcla de alivio y temor: el dolor iba a terminar pero, antes de hacerlo, habría más, mucho más.

Se descubrió asintiendo, dándole permiso. Era mejor terminar con eso cuanto antes.


//


Mirándola a los ojos, se hundió al fondo. Annie apretó los dientes y cerró con fuerza sus ojos. Él jadeó, maravillado; su cuerpo dolorido se contraía de una forma increíblemente deliciosa, y estaba tan cálida...


//


Él ya no esperaba. Se hundía y salía, despacio, pero sin detenerse. Le ardía la vagina y le dolía el vientre. Era cómo tener un cólico menstrual que daba una punzada especialmente fuerte cada vez que él hundía su miembro.

Por fortuna no fueron ni diez segundos.

… Tal vez fue menos. Ella lo sintió infinito el tiempo.


//


Angelo empuñó la almohada con la mano del antebrazo donde Annie descansaba su cabeza, y ocultó el rostro entre sus cabellos rubios.
El olor a manzanas de la muchacha le llenó los pulmones, incitándolo. Se enterró más rápido.


//


Anneliese gruñó; sentía una lija raspando su interior. Incapaz de soportar más dolor, iba a suplicarle que se detuviera, cuando lo sintió enterrarse profundamente, mucho más que antes.

También le dolió el vientre mucho más. Y lo escuchó jadear, luego de detener el aliento en su garganta. Entonces sus movimientos cambiaron; se volvieron más suaves, más lentos, pero muy profundos y, en cada uno de ellos, en cada estocada, dentro de ella, Annie sentía un... pálpito.

El pene de Angelo palpitaba.

No le tomó mucho tiempo darse cuenta...

Lo acarició y notó que su piel blanca estaba erizada. Le dio un besito en una mejilla, le buscó la cara y... el dolor no se fue, no, fue ella quien se hipnotizó con él, con ese bellísimo muchacho que estaba teniendo un orgasmo dentro de ella.

Él le regresó la mirada, con sus ojos grises, brillantes, entrecerrados por el placer. Su piel estaba perlada. Sus labios rosas, entre abiertos, buscando aire, estaban húmedos; se le veían los colmillos.

Se sintió otra persona. Nunca antes lo vio tan... aterradoramente apuesto —era como verlo por primera vez—. Él no era bello, no era guapo, él iba más allá... Era hermoso. Estaba en su momento más dulce, más vulnerable, y sólo ella podía verlo. Sólo ella lo vería...

Pensó en que había valido la pena. Todo el dolor, todo el sufrimiento, todo lo había válido por ver su cara tan bonita poniendo ese gesto mientras tenía un…

Al pensarlo, al ser enteramente consciente de que él estaba eyaculando, Anneliese se sorprendió, pese al dolor, con las piernas bien abiertas, flexionadas y alzadas, para él, recibiéndolo —a él, al dolor que estaba provocándole… y al semen que estaba depositándole en el vientre—.

Annie se estremeció y gimió al escucharlo soltar un quejido erótico, masculino, de placer. Su orgasmo había llegado al punto más alto, al final. Se escuchaba aliviado.

Anneliese lo besó en la boca. Él estaba temblando.

—Te amo —le dijo—. Te amo, Angelo.

Y aunque él no le respondió a Annie no le importó. Él nunca le había dicho que la amaba —como un rato antes, en las escaleras—; él no era una persona de palabras —jamás lo había sido—, sino de actos. Y el que estuviera ahí, pasado del temor a su padre, entre sus brazos, dentro de ella...

... Sus elucubraciones se detuvieron al reparar en que él continuaba duro —durísimo— y dentro de ella.

¿Que él no había...


//


"Te amo" le había dicho ella. "Te amo, Angelo" pero él seguía con los sentidos aún nublados por el intenso orgasmo —había sido tan fuerte y tan largo; aún sentía un cosquilleo recorrer su glande—. Escuchaba a su hermana de manera amortiguada, lejana, pero lo sabía, sabía que lo adoraba, de otro modo, ella no estaría ahí, entregándose a él.

Sus sentidos comenzaron a aclararse poco a poco; sintió en la piel la frialdad de su sudor y notó el de ella —y el de ambos, entre sus pechos, sus vientres y sus piernas enredadas—, y percibió una mezcla de olores sutiles, que encontró embriagadores, exquisitos: el olor a manzanas de Annie, el sudor de ambos, y las hormonas segregadas estaban provocando que a uno de los dos comenzaran a olerle sutilmente las axilas... y sexo. Olían a sexo.

Le mordió un labio y recorrió su cuerpo con la mano derecha, deteniéndose en una de sus nalgas.

De repente,  ella se puso rígida y volvió a contraerse, como si hubiera tenido algún mal pensamiento. Angelo no se preguntó el qué. No por mucho tiempo: cuando ella se movió, su interior lo había succionado. Había sido algo muy suave... y muy rico, que le aceleró el pulso de nuevo.

Había decidido esperar un poco antes de volver a hacérselo —una vez, luego de tanto deseo, no era suficiente, de ninguna manera—, pero...


//


Annie gimió y enterró sus uñas en los hombros de su hermano.
—¿De nuevo? —le preguntó, temblorosa.
Él le había dado una estocada suave.

—Una más —mintió Angelo. Una más no era suficiente. No lo serían ni cien.

Annie se relamió los labios y miró hacia la ventana, decidiendo si era capaz de soportar el dolor de una segunda vez.
Pese a que la luna estaba en creciente esa noche, lucía enorme.


//


Angelo la vio suspirar y cerrar sus ojos, como si se encomendara a su Dios. Los abrió luego, se llenó los pulmones de aire y asintió, aunque algo dubitativa. Él se sintió agradecido y lleno de amor por ella, quien lo quería tanto que era capaz de soportar el dolor únicamente porque él estaba disfrutándolo.

—Bebé —le susurró al oído.

Había recuperado su brazo izquierdo hacía un rato, y ahora le acariciaba los cabellos dorados, a la altura de su cabeza.


//


Le dio una segunda embestida. Annie gimió y se aferró a él, envolviéndolo con los brazos por su cuello y con las piernas por su cintura. Esta vez no intentó proteger su cuerpo bajando las piernas.

Se mordió un labio y arrugó los párpados al cerrar sus ojos con fuerza.


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—Mi amor —le besó los labios y ella le respondió, como un pajarito buscando agua. La quería tanto—. Mi conejita —le dio una estocada más—. Mi hermana. Mi hermanita —susurró con deleite, comenzando a embestirla sin detenerse.


//


Annie sintió cálida la entrepierna, de nuevo. Fueron las palabras del muchacho; las encontró… obscenas, sugestivas… candentes.

Por algún motivo, recordó su búsqueda: "¿Por qué está prohibido el incesto?"; y también su insana conclusión: «Sólo a la gente privilegiada se le permitía disfrutar de esto», recordó, sintiéndolo.


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*penita*
(/ ~ \)
Notarán que es ligeramente distinto a lo que se cuenta al día siguiente...

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1 comentario:

  1. ¡Por todos los cielos! Desde el primer momento en que leí la sinopsis supe que me iba a encantar. Me fascina como escribes y mantienes es ascuas en cada capítulo. Te felicito por tus fantásticas historias. ¡Saludos! :)

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